Aunque estemos en una época borderline, este trastorno ha existido desde hace muchos años (ya la primera descripción fue realizada por Rosse en 1890), permaneciendo oculto tras otras denominaciones, otros encuadres y otras concepciones, lo cual ha contribuido a que se haya convertido, en el trastorno que más confusión terminológica y conceptual ha suscitado y aún hoy sigue produciendo. Todo el mundo (profesionales, estudiantes e, incluso, gran parte de la población general) parece saber a qué nos referimos cuando hablamos de pacientes límite.
Los síntomas esenciales del cuadro borderline son la inestabilidad afectiva, los sentimientos crónicos de vacío, los episodios micropsicóticos, el pensamiento dicotómico del tipo todo o nada, las distorsiones cognitivas puntuales, los episodios de impulsividad y la imposibilidad para estar solo con el consiguiente miedo al abandono. Este último aspecto supone, con frecuencia, que los episodios psicóticos y las conductas impulsivas de tipo autolesivo se desencadenen como respuesta a los abandonos reales o fantaseados. No obstante, y pese a lo dicho, no todos los sujetos con TLP son iguales ni manifiestan la misma sintomatología, ya que hay tantas diferencias como síntomas, según predominan unos u otros. En realidad, como señala Víctor Pérez hay 256 maneras de ser un TLP, en función de la comorbilidad y del peso de los síntomas asociados.


